Ladies in White

Las dos caras del G2 cubano
06 de abril de 2017 – 13:04 – Por IVÁN GARCÍA

El corresponsal en La Habana de Diario Las Américas relata su
interrogatorio en la unidad de la policía en la calle Aguilera, en la
barriada de Lawton, al sur de La Habana

LA HABANA.- Pocas horas después de que un oficial de la
contrainteligencia que se presentó con el nombre de Alejandro me
entregara el martes 4 de abril una citación oficial, un agente
identificado como Maykol arrestó a la periodista independiente Rosa
Avilés Carballo y la condujo en calidad de detenida a la estación de
policía de Zapata y C, Vedado.

Avilés reside desde hace cuatro años en La Habana. No obstante, en
febrero pasado fue deportada a Camagüey, su ciudad natal y a más de 500
kilómetros al este de la capital, después de pasar cuatro días recluida
en el centro de procesamiento penal conocido como el Vivac.

Inconstitucionalmente, el gobierno deporta a los ciudadanos de otras
provincias que residen en La Habana, amparándose en el Decreto 217 sobre
regulaciones migratorias internas, en vigor desde el 22 de abril de
1997. Esta aberrante norma jurídica se aplica con mayor severidad a
opositores y periodistas independientes.

Según declaró Rosa Avilés, la semana anterior había sido acosada por el
mismo oficial Maykol, quien la llamaba a su móvil para amenazarla.
Durante el mes de marzo, en Cuba se registraron “432 detenciones
arbitrarias, once agresiones físicas, ocho casos de hostigamiento y por
lo menos un acto vandálico cometido por la policía política y elementos
parapoliciales”, denunció la Comisión Cubana de Derechos Humanos y
Reconciliación Nacional en su más reciente informe sobre la represión en
la isla.

Mientras, al otro lado del Atlántico, en la apacible ciudad suiza de
Ginebra, integrantes del Observatorio Cubano de Derechos Humanos, la
Asociación Jurídica Cubana y el periodista y escritor Jorge Olivera
Castillo, expresionero político del Grupo de los 75, el lunes 3 de abril
condenaron y pidieron “el cese de las confiscaciones ilegales de bienes
y propiedades de activistas pacíficos cubanos”.

Se trata de una denuncia formal de la disidencia local presentada ante
Michael Forst, relator especial sobre la situación de los defensores de
derechos humanos de Naciones Unidas.

Desde hace varios años, la Seguridad del Estado despoja a disidentes y
periodistas libres de dinero y equipos de trabajo. En la mayoría de los
casos no entregan actas de decomiso, lo cual deja en un estado de
indefensión a las víctimas.

Con estos antecedentes, sobre la 1:45 de la tarde del miércoles 5 de
abril, bajo un Sol abrasador, llegué a la unidad de la policía en la
calle Aguilera, en la barriada de Lawton, al sur de La Habana. En el
vestíbulo me esperaban el primer teniente Alejandro y otro oficial que
no se presentó por su nombre.

Vestían como cualquier joven cubano. Vaqueros gastados, pulóver de
cuello y calzado tipo Náutico. Alejandro es delgado, tiene pinta de
trovador o un yuppie intelectual de ciudad. El otro, macizo, no muy
alto, hablaba menos y escuchaba más. Los dos oficiales son mestizos.
Hablaban en voz baja y eran educados. Parecían funcionarios diplomáticos
y no agentes represores. Esa tarde me saqué la lotería. Me tocaba
charlar con los “policías buenos”.

Después de conocer qué pensaba sobre el trato, donde obviamente les
respondí que no podía estar satisfecho cuando en contra de mi voluntad
se me citaba a un recinto policial, y en caso de no acudir debía pagar
una multa de 50 pesos, la primera pregunta fue mi opinión sobre la
oposición cubana.

Es evidente que se habían preparado. Leyeron artículos escritos por mí
en el período comprendido de 2010 a la fecha y en los cuales he abordado
el mal desempeño de la disidencia interna.

Buscaban puntos de coincidencia. Les di mi valoración. “La oposición no
funciona, está fraccionada y enfocada más hacia al exterior que hacia la
comunidad. Ustedes la tienen penetrada y dividida. Pero, como nunca han
gobernado, no se les puede culpar del desastre nacional que se vive en
la isla”. Y acto seguido hice un recuento del voluntarismo de Fidel
Castro, sus disparates económicos y faltas de libertades políticas.

Me escuchaban sin replicar. Les comenté que estaba convencido que, a la
vuelta de cinco o seis años, quizás antes, Cuba se encarrilaría por la
democracia, el respeto a las diferencias políticas y la libertad de
expresión.

“No queda otra. Cuba es el único país del hemisferio americano donde la
oposición es un delito”, les dije. Alejandro era amable, pero
persistente. Y se montó en lo que mejor saben hacer los cuerpos de
inteligencia.

Las delirantes teorías de conspiración. “Cuba está siendo acechada por
el gobierno de Estados Unidos, que quiere desmontar el actual sistema
político”, señaló.

Me habló de Zunzuneo y el dinero que las instituciones estadounidenses
otorgan a la disidencia. Le repliqué que el caso de Zunzuneo salió a la
luz gracias a la labor de una prensa libre. Y que cualquier internauta
puede conocer el monto de dinero que el Congreso estadounidense concede
a la oposición, pues es información pública.

Más allá de que uno puede estar en desacuerdo con esa ayuda, el futuro
de Cuba pasa por los cubanos. Todos, los del exilio y los de acá, les dije.

“Tanto el régimen como la disidencia se victimizan y justifican sus
fracasos o exigen políticas más severas al gobierno de Estados Unidos.
Ni Obama, ni Trump ni el que venga después son culpables del lamentable
estado en que se encuentra el país. La solución es de los cubanos. Y
pasa porque el gobierno, y ustedes, dejen de reprimir y este tipo de
diálogo lo tengan con opositores políticos”, acoté.

Les recordé que el domingo 2 de abril, al igual que desde hace 96 fines
de semanas, “agentes de la Seguridad y ciudadanos civiles de la
asociación del combatiente, golpean e injurian con consignas casi
fascistas a las Damas de Blanco en su sede, muy cerca, por cierto del
lugar donde estamos hablando. Eso deja muy mal parado a este gobierno,
que públicamente dice que no tortura ni golpea a sus detenidos”, subrayé.

Tomaban nota y buscaban encauzar la conversación por la senda de su
interés. Querían saber si conocía o en Miami visité la casa de Santiago
Álvarez Magriñat, “connotado terrorista”, dijo Alejandro, quien también
quería saber mi consideración sobre Dan Gabriel, “oficial de la CIA con
diez años de experiencia en el manejo de la información durante la
guerra de Irak y al frente de Webstringers, contratista de medios”, señaló.

“Soy periodista y por asuntos de trabajo, entrevisto o hablo con todo
tipo de personas. No necesariamente tienen que ser amigos míos. Y en el
caso de Dan, que personalmente no conozco, jamás él ni Webstringers han
incidido en la censura de mis trabajos. Nunca, ningún medio para los
cuales he colaborado en los 21 años que llevo escribiendo como
periodista independiente me ha censurado. Y por escribir cobro: el
periodismo es una profesión. Ojalá que los periodistas oficiales y los
obreros cubanos puedan tener salarios decentes”, respondí.

Hice hincapié en el excesivo secretismo estatal, los precios abusivos en
divisas, los bajos salarios y el descontento popular. “Ése es el
problema a resolver, no las discrepancias políticas. Y estoy seguro de
que este gobierno jamás lo va solucionar. La economía planificada y el
comunismo no funcionó en ningún lado”, indiqué.

Antes de marcharme, dejé claro que es precisamente la falta de cobertura
de la prensa oficial en temas sociales la que permite la labor de los
periodistas independientes. Que el problema con la prensa alternativa,
ya sean periodistas abiertamente anticastristas, moderados o que
apuestan por un socialismo democrático, es que escriben sin autorización
estatal.

“El acoso a los reporteros por cuenta propia es la clave para mantener
este absurdo control político y social. Están perdiendo a lo mejor de la
sociedad, ya sean deportistas, médicos o intelectuales por esa falta de
libertades. A periodistas de talento innegable como Elaine Díaz, Mónica
Baró o Carlos Manuel Álvarez, no los están aprovechando por su absurda
terquedad política. Injurian a Fernando Ravsberg, excorresponsal de la
BBC casado con una cubana, o al bloguero Harold Cárdenas. Este país,
donde dentro de ocho años el 30 por ciento de la población tendrá más de
60 años, no se puede permitir seguir ninguneando ni expulsando a más
cubanos”, enfaticé.

Se despidieron cortésmente. Tal vez en una próxima cita mis
interlocutores sean los ‘policías malos’.

Source: Las dos caras del G2 cubano | Cuba –
www.diariolasamericas.com/america-latina/las-dos-caras-del-g2-cubano-n4119069

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