Ladies in White

Un Cardenal misericordioso
La máxima figura de la Iglesia Católica en Cuba, Jaime Ortega Alamino,
ofreció una entrevista a Amaury Pérez en su programa de televisión
jueves, septiembre 3, 2015 | Miriam Celaya

LA HABANA, Cuba – La noche del martes 1ro de septiembre de 2015 se
vistió de lujo en el canal Cubavisión, de la televisión cubana, cuando
el programa que conduce Amaury Pérez (Con dos que se quieran 2) contó,
ni más ni menos, con la presencia del Cardenal Jaime Ortega Alamino.
Nunca antes el anfitrión de aquel set tuvo huésped más egregio.

No es para menos. Apenas restan días para la llegada a Cuba del papa
Francisco, el tercero que visita la Isla en solo 17 años, un extraño
privilegio para tratarse de un pueblo más supersticioso que religioso, y
en el que –a despecho de las estadísticas de Roma– los católicos
practicantes constituyen en realidad un exiguo porcentaje de la
población cubana.

En todo caso, habrá que reconocerle esta vez a Amaury Pérez el mérito de
la oportunidad, así como la habilidad de sortear obstáculos al abordar
temas “incómodos” que nunca son tratados por los medios oficiales, como
es el de los prisioneros políticos, o el de las controvertidas
relaciones entre la Iglesia católica cubana y el Estado.

A pesar de la evidente complacencia del entrevistador, es la primera vez
que en las respuestas de un entrevistado se mencionan en la televisión
los presos de la Primavera Negra, las Damas de Blanco y las marchas de
éstas tras la misa de la iglesia de Santa Rita, aunque Monseñor Ortega
se las ingenió para utilizar frases eufemísticas que disfrazasen los
términos y evitar posibles complicaciones. Así, él hizo referencia
–siempre en tiempo pasado– a “ciertas mujeres que vestían de blanco y
hacían una caminata a la salida de la iglesia, las cuales le pidieron
interceder ante las autoridades para lograr la liberación de sus
familiares y su salida al extranjero”. Lo cual pareció razonable a
Monseñor toda vez que es preferible la distancia que interpone el mar
que la que establecen los barrotes de una cárcel, así que decidió mediar
por la liberación de aquellos prisioneros, cuyo número (75) quedó
englobado y difuminado en los 136 que fueron liberados con motivo de la
visita del papa Benedicto XVI.

El Cardenal aseguró que en ningún caso los prisioneros fueron obligados
a abandonar el país, lo cual, en rigor, es cierto. Sin embargo, olvidó
mencionar que sí fueron conminados a ello y que los que se negaron a
salir del país fueron los últimos en salir de las cárceles y no se les
permite viajar de visita al extranjero.

En cuanto a los que criticaron su declaración acerca de que en Cuba “no
había prisioneros políticos”, las evasivas del cardenal se tornan
imposibles de transcribir. Baste resumir una frase maestra, porque
Monseñor “no quería ponerles adjetivo”, pero señaló que “también los
lobos forman parte del rebaño”, y él es un pastor. Tal es su cruz.

La entrevista fue ocasión para comprobar la sinuosidad y astucia de su
eminencia Ortega para evadir las respuestas directas. En especial cuando
se refirió de manera satisfactoria a las relaciones que mantienen la
Iglesia y el Estado cubanos. En efecto, es innegable que en la
actualidad ambas instituciones viven sus mejores tiempos de romance
desde 1959.

No obstante, Monseñor pasó por alto la persecución de que fueron objeto
tanto la Iglesia como institución, como sus creyentes, desde la llegada
al poder por los revolucionarios hasta los inicios de la década de los
90’, cuando se aceptó incluso la entrada de religiosos al partido
comunista. No mencionó el hostigamiento a los practicantes que asistían
a culto, la prohibición de la fe cristiana a los dirigentes, a los
educadores, periodistas y otros profesionales vinculados a las esferas
del pensamiento y de la formación de niños y jóvenes, y las sanciones
aplicadas sobre quienes eran sorprendidos cuando asistían a hurtadillas
a catecismos, misas o bautizos.

El propio Cardenal sufrió en carne propia los rigores del acoso, cuando
estuvo confinado en los campos de trabajo forzado de las UMAP, de manera
que si no se trata de un grave caso de amnesia, el Cardenal Ortega nos
ofreció en este programa de TV un admirable ejemplo de esa virtud
cristiana conocida como misericordia, máxime cuando todavía se encuentra
al frente del Estado el mismo gobierno, que no ha mostrado
arrepentimiento alguno ni ha solicitado indulgencia de la Iglesia ni de
sus feligreses tan duramente castigados.

Es una pena que los cristianos fusilados en fortaleza de La Cabaña por
aquel extranjero rabiosamente ateo, Ernesto Guevara, no hayan tenido la
misma oportunidad de practicar el perdón.

Hacia el final de la entrevista, el Cardenal aseguró: “Creo que (con la
visita de Francisco) hay un ambiente popular como no lo ha habido con
las visitas de los dos Papas anteriores”. Y atribuye este supuesto
entusiasmo a tres factores fundamentales de la figura de Francisco: la
condición de ser latinoamericano, de hablar nuestro mismo idioma y de
haber sido el mediador de las conversaciones entre los gobiernos de Cuba
y EE UU, que desembocaron en el restablecimiento de las relaciones tras
medio siglo de confrontaciones.

A propósito de este último proceso, Ortega declaró que el silencio en
torno a las negociaciones previas al 17 de diciembre fue “lo que hizo
posible” el éxito. He aquí algo que sí tienen en común la Iglesia
católica y la revolución de los Castro: el gusto por las conspiraciones.

Por demás, ignoro en qué barrios populares su Eminencia habrá percibido
tal entusiasmo, pero con toda seguridad no fue por los de Centro Habana.
Lo cierto es que ninguna de las visitas pastorales del Vaticano ha
despertado tantas expectativas entre los cubanos como la de Juan Pablo
II. Y las razones fueron muy diferentes: Józef Wojty?a marcó un hito
porque fue la primera visita de la máxima autoridad católica a Cuba en
momentos en que los cubanos esperaban una apertura hacia la democracia.
Wojty?a había sido una figura clave en el proceso de transición polaco,
lo que abría una luz de esperanzas en las aspiraciones de cambios de los
cubanos.

Diecisiete años en nada superan el sentimiento de frustración y abulia
de los cubanos, pero gracias al romance Iglesia-Castro, el Papa arribará
próximamente a “la misma Cuba en una etapa nueva de su historia”, en “un
proceso que se inició desde la visita de Juan Pablo II (1998) cuando
pidió que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba”. Diríase que
la Iglesia católica es el artífice de las transformaciones que
conducirán a Cuba por un sendero más venturoso, siempre de las manos de
Dios y del General-Presidente, Cardenal mediante.

El cierre del programa fue tierno. No se veía nada tan conmovedor en las
pantallas de TV desde los años 80’, cuando la telenovela mexicana Gotita
de gente hacía moquear de emoción hasta los corazones más duros: Amaury
Pérez, auto declarado “católico ferviente”, con su humilde cabeza
inclinada, besando devotamente la mano del insigne pastor, que sonreía
magnánimo sobre la cabeza del cordero. Todo un espectáculo que preludia
los que viviremos durante la ya cercana visita vaticana: una amalgama de
sotanas y uniformes militares, de incienso y de garrote, de prédica de
amor, y de represión a los disidentes… que ya ha comenzado en lugares
como la Catedral de Pinar del Río, donde opositores del partido
republicano han sido desalojados por efectivos de fuerzas especiales del
MININT. Pero todo con mucha misericordia. Porque al final Francisco
rociará de bendiciones por igual al rebaño, a los lobos y a los falsos
profetas de verde olivo. Qué más podríamos desear.

Source: Un Cardenal misericordioso | Cubanet –
https://www.cubanet.org/opiniones/un-cardenal-misericordioso/

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