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Rafael Rojas: “El régimen busca para 2018 un relevo generacional sin
democratización”
YAIZA SANTOS, México | Septiembre 11, 2015

Rafael Rojas (Santa Clara, 1965) acaba de publicar en México, donde
reside desde hace veinte años, una Historia mínima de la Revolución
cubana (El Colegio de México-Turner). En menos de 200 páginas, el
historiador recoge los acontecimientos en la Isla entre 1952, cuando se
instaura la dictadura de Fulgencio Batista, y 1976, fecha de la
Constitución que establece la Asamblea Nacional del Poder Popular,
cuando él considera institucionalizado el proceso de cambio que inicia
en 1959, con una breve introducción de lo que fue Cuba desde su
declaración de independencia.

No solo de este pasado conversó Rojas con 14ymedio, sino también del
presente y del posible futuro de la Isla.

Pregunta. Este libro sirve para desmitificar determinados episodios
magnificados por la propaganda revolucionaria y para recuperar otros que
quedaron enterrados. ¿Qué momentos “desmitificadores” subrayaría?

Respuesta. Yo empezaría con la visión del antiguo régimen, totalmente
negativa, que ha transmitido la historia oficial: la de una nación
neocolonial, que no tiene soberanía, que es pobre, subdesarrollada,
atrasada, autoritaria… durante un lapso que cubre casi medio siglo,
sin distinción de periodos. El primer capítulo del libro es precisamente
una reconstrucción de la Cuba anterior a la Revolución, que habla de los
altos índices de crecimiento económico; de los altos índices sociales,
incluido el altísimo índice de alfabetización que había comparado con
otros países latinoamericanos; el gran desarrollo del consumo per cápita
y también el desarrollo cultural y político. A su vez, los elementos de
soberanía que había en el Estado cubano.

Creo que es importante siempre destacar el grado de autonomía que llegó
a tener en relaciones internacionales. Por ejemplo, los Gobiernos
auténticos, posteriores a la Constitución del 40, crearon una alianza
con Gobiernos latinoamericanos inscritos en lo que se llama el
“nacionalismo revolucionario”, muy en la tradición mexicana. Era una
política exterior que no estaba subordinada a la política de Estados
Unidos. Eso contradice al propio canciller Bruno Rodríguez, cuando dijo
en Washington que ” Estados Unidos y Cuba no han tenido una relación
normal nunca”. Ahí habló de la Enmienda Platt, que dijo fue impuesta por
una ocupación militar, pero no: la aprobó el Congreso cubano en 1901.
Tampoco mencionó, como hacía Fidel Castro tradicionalmente en sus
discursos, que esa enmienda fue derogada en 1934 como consecuencia de
una revolución nacionalista en el 33, que crea, a su vez, una democracia
bastante avanzada para América Latina. Yo rescato eso: la Constitución
del 40, el Código Electoral del 43, que es muy avanzado también, y toda
la política social de los Gobiernos auténticos, incluso el primer
Gobierno de Batista.

P. Además de la pluralidad de partidos y en la prensa…

R. Lo de los medios es fundamental. No hubiera caído la dictadura de
Batista sin la intervención decisiva de los medios de comunicación y de
la opinión pública. La revista Bohemia era la más leída en Cuba y además
circulaba en América Latina. En ella se le hizo una defensa a Fidel
Castro tremenda cuando estaba preso en Isla de Pinos y aun después.

P. Otra cosa que ha quedado olvidada: que al principio de la Revolución
todavía había opinión libre.

R. Yo diría que los dos primeros años. A finales de 1960 viene la
estatalización de los medios, aunque hay algunos que subsisten, como El
Mundo o Revolución, hasta 1965, cuando se crea el Granma y se eliminan
los demás periódicos.

P. Algo muy impactante del caso cubano es cómo logró ponerse en el
centro del mundo.

R. En el centro de la Guerra Fría. Una cosa totalmente deliberada. La
audacia de los dirigentes revolucionarios en Cuba al colocar esa isla
del Caribe hispano a unas millas de Estados Unidos en el centro de la
Guerra Fría por medio de la alianza con el campo socialista… ¡Es toda
una operación! Y que somete a Cuba a todas las tensiones posibles de la
Guerra Fría, con todas las consecuencias desastrosas.

P. ¿Qué habría sido del continente entero de no haber tenido ese bastión
ahí, que irradiaba y sigue irradiando hasta hoy?

R. Yo creo que la historia de Cuba habría sido bastante distinta. Se
hubiera encaminado hacia un régimen con elementos autoritarios, como
toda Revolución, pero habría sido muy difícil que se creara un partido
único. Seguramente un partido hegemónico, tipo PRI, pero no único, y
habría habido mayores libertades públicas. Por no hablar del desarrollo
económico cubano, que hubiera seguido su curso, que venía desde los años
cuarenta.

P. Usted es un gran partidario del restablecimiento de relaciones entre
Cuba y Estados Unidos, y eso ha provocado opiniones encontradas, sobre
todo dentro del exilio en Miami. ¿Qué cree que va a pasar ahora?

R. Para empezar, desde un punto de vista estrictamente de las relaciones
con Estados Unidos, la normalización no implica, a mi entender, un
reforzamiento o una legitimación acrítica, sin tensiones, sin
conflictos, del régimen cubano. Yo creo que lo que implicará es que la
política tradicional de Estados Unidos hacia Cuba cambie de sentido, de
método, sin perder ciertas premisas básicas, como la defensa de la
democracia, el rechazo a la violación de los derechos humanos o el
rechazo a la represión. O sea, no creo que Estados Unidos se deshaga de
esas premisas de su política exterior. Eso no quiere decir que con la
apertura de embajadas se logre automáticamente una transición a la
democracia. Yo creo que eso es una visión un poco magnificada.

En cuanto a la cuestión económica, el restablecimiento de relaciones con
Estados Unidos reforzará los elementos de capitalismo de Estado que se
han estado creando en Cuba y consolidará una nueva clase económica que,
como sabemos, está muy imbricada con los sectores militares. De eso no
tengo ninguna duda: esa casta militar empresarial se refuerza con el
restablecimiento de relaciones. Pero también podría ser un elemento que
incentive la emergencia de una pequeña y mediana empresa privada y con
capital nacional que no esté totalmente subordinada a la casta militar
empresarial. A la vez, yo creo que este restablecimiento de relaciones y
la integración de Cuba a la comunidad internacional activarán mucho más
la sociedad civil de la Isla.

P. ¿Y por parte del Gobierno? Habrá gente en el Partido que ya esté
pensando en qué va a pasar después.

R. De hecho, ya está previsto en el calendario político oficial la idea
de una sucesión de poderes, en febrero de 2018. Raúl lo ha dicho muchas
veces: él abandona la presidencia entonces, y ha dicho que la sucesión
tendría que darse favoreciendo a las nuevas generaciones. Quiere decir
que vendría un relevo generacional en la alta jefatura del Estado, sin
una democratización del sistema político. El régimen seguirá siendo el
mismo desde el punto de vista institucional: partido único, control de
los medios de comunicación, control de la sociedad civil, penalización
de la oposición –por este estatus de ilegitimidad que tiene la oposición
que justifica, por las leyes y el código penal– todas las golpizas, los
repudios, los atropellos, los encarcelamientos temporales… Todo eso
que vemos los fines de semana.

Pero ahí es donde intervienen los otros actores: hay una oposición real
en Cuba, hay una sociedad civil que puede ganar autonomía y hay una
comunidad internacional que no se desentiende de la violación de los
derechos humanos. Empezando por el propio Departamento de Estado: en su
último informe global sobre los derechos humanos las críticas a Cuba son
durísimas, y en las notas diplomáticas que han intercambiado los dos
Gobiernos durante toda la negociación han salido mencionados casi todos
los casos de represión, desde la golpiza a Antonio Rodiles al acoso a
las Damas de Blanco, pasando por El Sexto. Eso no va a desaparecer; el
Departamento de Estado estará en mejores condiciones de negociar con sus
aliados una política de derechos humanos más efectiva hacia Cuba.

P. ¿Se ve alguna figura dentro del Gobierno que pueda liderar una
transición hacia la democracia?

R. Por ahora no se ve, pero evidentemente hay sectores del Gobierno, del
Estado y del Partido que han estado relacionándose con intelectuales
reformistas en los últimos años y que han mostrado simpatías por algunos
proyectos de reforma. Por ejemplo, una reforma que conduzca a una nueva
ley de asociaciones, que permita un desarrollo mayor de organizaciones
no gubernamentales o de asociaciones autónomas, que yo creo que
favorecería a la oposición. O una nueva ley electoral que elimine las
comisiones de candidatura y que permita que candidatos verdaderamente
independientes, al margen de las instituciones del Estado, puedan
presentarse a las elecciones y logren un lugar en la Asamblea Naciona.
Claro, no son figuras que se perfilen desde una posición abiertamente
reformista, porque la reforma política sigue siendo en buena medida un
tabú dentro del régimen y es algo que podemos decir es deliberadamente
postergado por el Gobierno de Raúl Castro.

Ahora, me parece que veremos diversificarse a la propia clase política
gobernante, sobre todo después de 2018.

P. ¿Cómo se integrará el exilio en este proceso de normalización?

R. Es muy difícil responder la pregunta. Hay un sector del exilio, el
que ha estado más integrado a las asociaciones e instituciones políticas
de Estados Unidos, que se siente traicionado por el Gobierno de Barack
Obama. A la vez hay otros sectores que no van por esa línea. Muy
probablemente también en el exilio veamos una diversificación.

Mi crítica fundamental es que a mi juicio, lamentablemente, un sector de
la oposición interna con frecuencia se subordina a esa agenda de
resistencia al restablecimiento de relaciones. Y después sí pienso, a
diferencia de colegas en Miami, que la oposición es minoritaria. La gran
mayoría de la población cubana en efecto tiene elementos de desencanto
por las posiciones oficiales del Gobierno cubano, y mayoritariamente
está deseosa de una conexión mayor con el mundo –el sondeo de Bendixen
es impresionante en este sentido: un 97% de cubanos apoyan el
restablecimiento de relaciones y Barack Obama obtiene un 80% de
popularidad frente al 47% de Raúl y 44% de Fidel–, pero diría también
que la campaña de difamación del Gobierno cubano contra la oposición ha
dado resultados. Lo vemos en la falta de solidaridad con Tania Bruguera,
en el apoyo constante a los actos de repudio, a las golpizas. Yo creo
que la estigmatización de los opositores caló en una parte de la población.

Source: Rafael Rojas: “El régimen busca para 2018 un relevo generacional
sin democratización” –
http://www.14ymedio.com/entrevista/Rafael-Rojas-regimen-generacional-democratizacion_0_1850214983.html

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