Ladies in White

El Capitán Tondique vive
JORGE ENRIQUE RODRÍGUEZ | La Habana | 10 Feb 2015 – 9:06 am

Un proyecto opositor en Colón, Matanzas, da de comer a necesitados, se
sostiene con la ayuda del exilio, lleva el nombre de un alzado y resiste
las presiones de un régimen que olvida a los pobres y trata de que no
les llegue ninguna otra ayuda.

Frente a los indicadores que alertan acerca de un crecimiento de
personas por debajo de los umbrales de mendicidad, a las que se suman
otras con desórdenes mentales e impedimentos físico-motores, el Gobierno
se agazapa tras un silencio absoluto que raya en el cinismo. Como nunca
antes, aquella arenga de “los humildes, con los humildes y para los
humildes”, se instaura como el más grande fiasco cometido por una
“revolución” contra sus ciudadanos. Cada mendigo; cada testimonio de
abandono, aunque silenciado, delata que la debacle de Cuba no se aprecia
únicamente en el derrumbe de su infraestructura.

Quizás por estas razones, y ante la sugerencia de una amiga, visitar la
sede del proyecto Margarito Lanza Flores, Capitán Tondique, implicar
mucho más que embarcarse en un viaje, registrar algunos comentarios y
escribir un reportaje. Conocer el alma y la lógica de vida de quienes se
oponen al Gobierno —que no permite margen alguno a la creación de
espacios públicos donde cultivar las libertades civiles—– no es una
finalidad frecuente. Ello implica involucrarse en lo personal; poner en
juego el enfoque y la distancia objetiva. Pero vale la pena el precio
cuando de regreso se obtiene la certeza de que la represión —física,
moral, psicológica— no ha podido doblegar la naturaleza intrínseca de un
buen cubano: su humildad y su entereza, sin importar que lluevan raíles
de punta.

Más que una casa, un espacio de vida

Caridad Burunate, dueña de una sonrisa y humildad que se desbordan a
través de sus ojos, ha renunciado a la armonía de un hogar propio —no
así a su libertad— desde el 27 de abril de 2013, cuando por sugerencia
de María Camas, exiliada en Estados Unidos y también miembro del Partido
por la Democracia Pedro Luis Boitel (fundado en Colón, Matanzas) decidió
convertir su vivienda en sede del proyecto Capitán Tondique.

Entre los trajines hogareños y la organización de la jornada, Caridad
cuenta a retazos qué es Capitán Tondique: “La esencia del proyecto
consiste en brindar gratuitamente, cada jueves, alimento a mendigos; a
personas que viven y duermen en las calles porque sus familiares, por
motivos diversos, no los quieren; a familias que tienen niños y que la
pensión de Seguridad Social apenas le alcanza para sobrevivir. Entre
ellos hay enfermos de alcoholismo, pero también esquizofrénicos,
discapacitados, minusválidos”. “Comenzamos con nueve comensales”,
recuerda, “y hoy el promedio que asiste supera los 50. Al inicio, la
policía interceptaba y arrestaba por la fuerza a estas personas
impidiéndoles llegar aquí para mitigar su hambre. Muchos cogieron miedo,
pero al final el hambre es mucho más fuerte; el boicot no les funcionó.
Incluso, llegaron hasta el punto de coaccionar al proyecto para que
tramitáramos una licencia de cuentapropista con el único propósito de
subvertir el objetivo de Capitán Tondique, que no tiene fines algunos de
lucro”.

Sin importar mucho la cifra de necesitados que acuden, la existencia de
un proyecto de esta índole coloca en entredicho el verdadero precio de
la gratuidad del sistema de salud pública —y del programa de seguridad
social— que el Gobierno gusta de ilustrar en consignas y titulares.
Ambos sectores, en los últimos 15 años, han perdido más credibilidad que
nunca. La teoría de que las permisividades para operar en el sector
privado y la autonomía financiera de un conjunto de instituciones
estatales dejaría margen para que el Gobierno, sin el lastre de las
subvenciones, reorientara sus presupuestos hacia las zonas vulnerables,
se deshizo como agua entre las manos. La realidad sigue siendo
deplorable.

“El proyecto empezó cuando Iván Hernández Carrillo, cámara en mano,
salió una madrugada a retratar a los mendigos de aquí de Colón que
dormían en las calles”, narra Mayra García Álvarez, mujer menuda pero
voluntariosa. “Después le mandó esas fotos a María a Estados Unidos.
Entonces ella propuso crear un proyecto para dar asistencia a estas
personas. Por supuesto que esto implicaba recursos que no estaban en
nuestras manos. El hecho de que algunas de nosotras pertenezcamos a las
Damas de Blanco, impide que aquí nos den trabajo. El proyecto se
sostiene gracias a la colaboración de cubanos que están en el exilio.”

Las colaboraciones y donaciones que recibe el proyecto, son recolectadas
por cubanos que viven en el exilio por diversas razones, y que no
necesariamente sostienen un criterio político e ideológico, sino
simplemente humanitario. Prima la solidaridad ante las evidencias
registradas en imágenes y materiales audiovisuales que muestran esa otra
realidad que el Gobierno, ya no con mucho éxito, intenta esconder tras
bambalinas mientras en vidriera exhibe postales de un cuadro que solo
existe y se sostiene en su discurso. Por supuesto, el Gobierno insiste
en reciclar el pretexto de que estas “subvenciones” provienen del
“dinero sucio y exclusivo de agencias terroristas e injerencistas” al
servicio de un enemigo cada vez más invisible.

Con huellas de los actos de repudio

No es nada difícil hallar la sede del proyecto Capitán Tondique, ubicada
en la calle Mesa 163, entre Pedro Betancourt y Bartolomé Masó, en Colón,
Matanzas. Su fachada muestra los estragos provocados por los reiterados
actos de repudio que organiza la policía política: puertas y ventanas
rotas por las piedras, manchas de excrementos en las paredes, miradas
furtivas si algún transeúnte, ajeno de la vecindad, se detiene ante el
portón de su entrada. Nunca ha sido secreto que ninguno de estos actos
surge de “la espontaneidad del pueblo revolucionario”.

“Al principio la cosa fue dura. Cada vez que hacíamos una jornada de
Capitán Tondique se aglomeraban más de 200 personas a gritarnos y
agredirnos”, rememora Lázaro Díaz Sánchez quien, entre sus labores
dentro del proyecto, se encarga de subir a internet todo el material
audiovisual y el registro de imágenes relacionado con el proyecto y con
el Partido por la Democracia Pedro Luis Boitel.

“Es el mismo guión de siempre para estos actos que nada tienen de
repudio, pero sí mucho de agresión física”, agrega. “Convocan a la gente
en los centros de trabajos y las escuelas, ponen música para encubrir y
hacer parecer que es una actividad cultural. Desde hace un tiempo ya no
lo hacen, pero ha sido porque la propia gente se ha negado a participar,
y han comentado, públicamente, su desacuerdo en reprimir un proyecto que
lo único que hace es alimentar a las personas que tienen hambre. Y por
estos días la cosa está tranquila, quizás por todo el revuelo de los
diálogos entre Cuba y Estados Unidos.”

“Yo tengo que hacer malabares para colgar los materiales audiovisuales o
bajar informaciones”, reconoce Lázaro. “Los servidores de los telepuntos
de Etecsa son controlados por la policía política y no cuentan con el
ancho de banda suficiente. Recurro al servicio de los hoteles, que es
extremadamente caro, y aun así nunca voy dos veces seguidas a un mismo
hotel, ya sea en Cienfuegos, La Habana o Varadero. Pero se logra”.

Allí puede constatar que, como cada jueves, los teléfonos celulares de
los miembros del colectivo se quedan “extrañamente” sin servicio.

Ciertamente existen, subvencionados por el Gobierno, los Centros de
Atención a la Familia (CAF). En estos lugares se ofrece, a bajos
precios, desayuno, almuerzo y comida —estas últimas, elaboradas desde
horas tempranas de la mañana— a personas que viven de pensiones del
Gobierno. Pero el detalle censurado es que, un significativo porciento
de estas personas que acuden al CAF trabajaron toda una vida y su
jubilación apenas les alcanza para pagarse estos servicios.

La casi totalidad de esos locales son altamente antihigiénicos y
desagradables a la vista. Los alimentos son pésimamente elaborados y las
raciones no suelen ser siempre las indicadas. Todo ello resultado de un
fenómeno que se ha convertido, más que habitual, en una costumbre, casi
una idiosincrasia. Un país que ha tenido que admitir que robarle al
Gobierno es un acto de bendición. Una sociedad que, obligada por las
promesas de mejoras que no se han cumplido en más de cinco décadas, debe
mirar hacia otro lado y arropar sus valores morales de la peor manera.

Quienes trabajan en esos centros estatales, y esta es la verdad más
triste, deben garantizar el alimento de los suyos, sin querer admitir
que, a fin de cuentas, privan a otros conciudadanos de un último
milímetro de dignidad: la de una comida decente, pagada con la mísera
pensión que obtuvieron por sus años de trabajo.

¿Quién fue el Capitán Tondique?

Varias son las versiones que existen sobre los últimos días de Margarito
Lanza Flores, negro de origen campesino, oriundo de la actual provincia
de Villa Clara. La versión más extendida recoge que estuvo vinculado al
Movimiento 26 de Julio, alcanzando los grados de capitán en la lucha
contra Batista. Lanza Flores, popularmente conocido como Capitán
Tondique integra esa lista, que la develación de documentos ha
engrosado, de quienes tempranamente se opusieron al rumbo de la
revolución después de su triunfo el 1 de enero de 1959.

“Margarito se alzó cuando la revolución tomó otro rumbo”, cuenta
Francisco Rangel Manzano (Pancho). “Estuvo asentado por las zonas de
Quemados, Sagüa, Corralillo, la antigua provincia de Las Villas. Conocí
a un muchacho, Rigoberto Bouza, cuya familia conoció al Capitán
Tondique. El abuelo de este muchacho me contó que estuvo preso, seis
años, por darle de comer y beber cuando este estuvo tres días en la
celda. Cuando lo asesinan, como parte de las operaciones de la conocida
Lucha contra Bandidos, tendría 28 o 30 años. Lo atrapan porque le dan
candela al cañaveral donde estaba escondido junto a otros siete. Se mete
bajo tierra, pero al final tuvo que salir. Así mismo, todo quemado, lo
conducen a una celda y a las pocas horas lo vuelven a sacar y es que lo
fusilan a él junto a los otros siete, bajo un puente en Santo Domingo
que todo el mundo conoce como puente Tondique. Sobre este ahora existe
una presa, pero en tiempo de seca, cuando baja el nivel del agua, se
puede ver el puente. Otras versiones dicen que estuvo tres días en
aquella celda donde se sentía el olor a carne quemada.”

El proceso es todos los días

Felipe Marrero Manes, esposo de Caridad Burunate es masón grado 30,
herrero, y tiene hecho santo. Si algo lo distingue es su fe, no solo en
los dioses que venera, sino en el despertar de la conciencia entre los
cubanos. Pero también su dolor de padre es grande y desgarra a quien lo
escucha.

“Mi hija es inteligente y talentosa. Tiene amor por los animales pero no
puede estudiar lo que más le gusta, la veterinaria. Esa es una carrera
donde este Gobierno se reserva su derecho de admisión, no importa el
escalafón. Ella ha sido víctima de golpizas, cuando apenas tenía 18
años. Eso es algo que nunca lo voy a perdonar. Al principio, además de
los actos de repudio, nos asediaban con funcionarios de Higiene y
Epidemiología para que dictaminaran que no teníamos las condiciones
higiénicas para elaborar la comida. Nosotros cumplimos todas las medidas
que se requieren para la elaboración y manipulación de alimentos, que
además sirven para protegernos, pues cabe la posibilidad de que puedan
infiltrarnos y contaminar los alimentos para acusarnos de propagar
enfermedades. Por eso tenemos prohibido que nadie ajeno al proyecto
pueda acercarse a los recipientes.”

Los activistas del proyecto Capitán Tondique, no solo se reúnen cada
jueves para elaborar la comida y servirla a las cuatro de la tarde sobre
una mesa adornada con sencillez y en utensilios impecables. Un conjunto
de acciones comunitarias se extienden más allá de ese único día. La
atención de los niños es especializada y las familias que no cuentan con
los recursos para su manutención, es prioritaria. Son usuales las
celebraciones de cumpleaños colectivos y de los días festivos como
Nochebuena, donde el asado del lechón, tradición campesina, es la apoteosis.

En invierno se distribuyen ropas y desayunos calientes. El “Plan
Cantina” es un servicio que ofrece el proyecto para aquellos que por
razones de salud y físico-motoras no pueden desplazarse hasta la sede
para recibir su alimento. También resulta común el servicio de barbería
y afeitado; hasta el apoyo cuando existe algún proceso judicial, como el
del muchacho esquizofrénico-paranoide grado III que fue procesado por
vandalismo, pues cuando no recibe su medicación la emprende contra
propiedades públicas.

Para Tania Echeverría Menéndez, siempre de broma y con la jocosidad
distintiva del cubano, “el ajetreo es diario; pero los jueves es el que
más exige de nosotros, es sin dudas el más largo. Porque no se trata
solo de servirles la comida, que se elabora con detalle y desde el
corazón, con su postre incluido. También es el trato diferenciado a cada
uno, porque cada uno tiene su problema particular, su historia. Y ese
trato no es artificial, no nos permitimos la hipocresía, aunque a veces
sea difícil lidiar con tantos conflictos diferentes. Pero todos nos
respetan y respetan la casa”.

Aun cuando el nivel cultural entre las personas que acuden y se
benefician del proyecto es bajo —lógico en tanto representan al sector
más vulnerable dentro de las pésimas condiciones sociales y económicas—
tienen conciencia de que el Gobierno no resuelve sus problemas. Sus
criterios, quizás no del todo coherentes y quizás porque todos quieren
opinar a un mismo tiempo, llegan a conmover. Miran directo a los ojos
cuando hablan. Para ellos, sus propios nombres no importan, sino la
genuina devoción hacia un espacio donde realmente se sienten atendidos.

“Cuando vamos a Seguridad Social, a las personas como nosotros ni nos
miran, solo a los que por arriba del telón, como decimos los cubanos, le
dan dinero para que le den un colchón”, comenta una de las madres. “A mí
me han prometido una cama y un colchón, para mi hijo que es
esquizofrénico paranoide pero nada, todo son promesas. Sin embargo sé
que estas cosas sí se las resuelven a otras personas que no tienen
ningún problema.”

Su hijo, balbuceante, confiesa: “Hay personas que me dicen que no venga
más aquí, pero esas personas no me dan un plato de comida, ni a mí ni a
mi mamá. El dinero de mi mamá no alcanza para comprar mis medicinas y
comer”.

“Sin Capitán Tondique, mucho de los que estamos aquí seríamos más
miserables que los miserables de otro país”, narra una enfermera que
también acude al proyecto porque su salario no alcanza para mantener a
toda su familia, que es numerosa.

Todos representan situaciones y conflictos diferentes, pero todos están
de acuerdo en algo. “Deberíamos ser menos ‘barriguistas’, no solo venir,
comer y después irse”, arenga uno. Mientras otro implora que “ojalá que
esta bendición sea por lo menos dos veces a la semana”.

El proyecto Margarito Lanza Flores, Capitán Tondique, se inscribe como
pionero —en Los Arabos se ha creado un proyecto similar, Sonia Garro,
pero allí la represión del Gobierno ha logrado inmovilizarlo— y ejemplo
cumbre de un acto cívico donde no existe el tiempo, ni las motivaciones,
para las trascendencias personales. Es un colectivo de ley.

Resulta imposible que una sola iniciativa ciudadana —porque a veces no
basta el deseo— pueda solucionar todas las problemáticas de su
comunidad, ni las particularidades de sus habitantes. Mucho menos cuando
el gesto es coartado por las fuerzas represivas de un programa
gubernamental en zozobra, que no garantiza la sobrevida y ensancha cada
día la estela de ruinas —morales, éticas, sociales, privadas— que bien
podría representar otra de “las conquistas de la revolución”. Un
programa de Gobierno que, además de vedar el ejercicio de libertades
civiles, tampoco permite alimentar a sus mendigos, a sus
“desfavorecidos”, a sus “desamparados”. A los que no se incluyen,
siquiera, en la más infame de las estadísticas nacionales.

No serán pocos, desafortunadamente, los cubanos que preguntarán cómo es
posible que la historia y el nombre de un “negro alzado” se hayan
convertido en símbolo, y en una actitud de vida que sí se ha permitido
erigirse con los humildes, por los humildes y para los humildes. Y es
que, para tres generaciones de cubanos, un “alzado” representa un
capítulo negro en la historiografía de la revolución. Pero si de
preguntas se trata, deberíamos tributar, más allá de los resultados y
las consecuencias implicadas en las respuestas, a esas que cuestionan
cuánta impunidad le asiste a un Gobierno, revolucionario o no, para
decidir por sí mismo, cuáles derechos humanos respetar y cuáles no. O
cuánto derecho tiene ese mismo Gobierno, para arrogarse a sí mismo, la
decisión de cuáles crímenes recordar y cuáles no.

Mientras tanto, allá en Colón, Matanzas, el Capitán Tondique vive.

Source: El Capitán Tondique vive | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/derechos-humanos/1423510328_12796.html

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