Ladies in White

TINTA RÁPIDA / Raúl Rivero:
Las alturas reales

LOS CAMBIOS, la modernización de la sociedad, el fogonazo de luz que
necesita la isla de Cuba han entrado este año en la etapa final de su
viaje. Un camino con un itinerario definido, lento, trabajoso, acosado
por peligros y emboscadas, pero negado al retroceso y a la marcha atrás.

Contra lo que predecían cubanólogos y los sabios de café con leche, este
proceso no se produjo por la voluntad de los grupos encaramados en el
poder. Ellos llevan 51 años dedicados a la estúpida tarea de arruinar el
país y entregados a venerar a José Stalin mediante una exquisita
aplicación caribeña de sus métodos represivos.

Los pasos de este nuevo espacio abierto hacia la no se deben a
que los ancianos gobernantes, impávidos y ambiciosos, escucharan
consejos, dialogaran y entendieran la necesidad de sacar a la nación del
pasado. Al contrario, desde el puente de mando de su canoa encallada
responden todavía con insultos y bravuconerías a quienes pretenden -por
intereses comerciales, afinidades ideológicas, oportunismos o buenas
intenciones- sentarlos a enfrentar la realidad.

Cuba está ahora en este punto esperanzador y complejo de su evolución
gracias a un trabajo y una batalla que se desarrolla en otros dominios.
Allá adentro, en las alturas de las zonas marginadas y pobres, en las
franjas de soberanía que ha conquistado la oposición pacífica.

Ha sido por esa labor silenciosa y dura de resistencia de los pequeños
grupos de la disidencia. Aislados y perseguidos por la policía y por el
fuego diario de la propaganda. Gente que lleva más de 20 años frente a
la dictadura.

A esta hora la han convocado los presos políticos, a quienes no han
podido callar ni siquiera en las celdas de castigo de las 300 prisiones
del país. Las con sus oraciones en la iglesia de Santa
Rita y sus caminatas por la Quinta Avenida bajo las golpizas y los
linchamientos verbales de las brigadas de respuesta rápida y la policía.

El momento que se vive hoy se debe a la muerte del albañil y fontanero
Orlando Tamayo, después de una huelga de hambre de 86 días. Se
debe a quienes entregan su juventud, el tiempo de su única vida, en las
calles crispadas y en los calabozos.

Los generales empecinados no quieren cambiar nada. Quieren cómplices que
le compren pintura dorada para sus estrellas oxidadas.

Los cambios en Cuba son una necesidad de los ciudadanos. Por eso vienen
desde allá abajo. Es decir, desde allá arriba.

http://www.cubanet.org/CNews/y2010/mayo2010/ag18-4.html

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