Ladies in White

El Pacto entre Reformistas y Demócratas: la Clave para una Transición
Pacífica en Cuba tras la Muerte de

2006-02-14

Foto: Alexis Gainza Solenzal.
Conference Key Challenges of a Cuban Transition Government , Commission
for Assistance to a Free Cuba (CAFC), -Navy Club, February 13,
2006, Washington, D.C.

A principios del año 2006 resulta evidente que el gobierno cubano ha
conseguido superar los aspectos más dramáticos de la inmensa crisis
económica y política que supuso la cancelación del subsidio soviético y
el desprestigio del marxismo como referencia ideológica tras el fin de
la URSS.

No obstante, la forma en que se ha llevado a cabo ese proceso de dudosa
recuperación ha tenido un alto costo para Fidel Castro ante el pueblo
cubano y ante la propia clase dirigente, comprometiendo a corto plazo el
futuro del sistema tras la previsible muerte de Castro.

Si bien el régimen hoy no está en peligro de desaparición, ello sucede
por la ilimitada autoridad que Castro ejerce y por el temor que infunde
entre partidarios y adversarios. Sin , todos los síntomas apuntan
a que existe una aguda desmoralización en la estructura de poder y una
mezcla de rechazo e indiferencia entre la población, especialmente en
los más jóvenes, a lo que se suma la presión a veces heroica de los
sectores de la oposición democrática dentro y fuera del país, así como
las constantes denuncias de prestigiosos organismos internacionales como
el Parlamento Europeo o la Comisión Interamericana de .

Están, pues, dados los principales elementos psicológicos y políticos
para que se produzcan cambios muy significativos tras la desaparición
del Comandante, siempre que esa transformación del sistema sea vista
como una oportunidad de escaso riesgo y franco progreso personal para la
gran mayoría de la población, incluidos quienes hoy detentan el poder.

Un poco de historia

A partir de 1992, la ya pobre capacidad de consumo de la sociedad cubana
-que había suspendido sus pagos internacionales desde 1987-, se redujo
súbitamente entre un treinta y un cincuenta por ciento adicional al
eliminarse la masiva ayuda soviética, mientras el marxismo perdió
prácticamente toda legitimidad moral como consecuencia del derrumbe del
campo comunista en Europa y la pública exhibición de los crímenes,
falsedades y distorsiones del llamado socialismo real.

Ante ese cuadro inesperado, la clase dirigente cubana, secretamente y
de forma extraoficial, se dividió en tres partes desiguales y de
perfiles muy imprecisos: reformistas, inmovilistas, y quienes,
acostumbrados a obedecer dócilmente, se limitaban a esperar las
directrices de Fidel Castro sin manifestar ningún tipo de opinión.

Los reformistas (tal vez la mayoría) pensaban que la revolución debía
adaptarse a la nueva realidad planetaria y admitir una modificación
gradual hacia el mercado y el pluralismo. Muchos de ellos -no todos-
soñaban con un Fidel Castro reciclado, que dirigía ese cambio
trascendental para que el poder no se les escapara de las manos.

¿Quiénes eran esos reformistas? Los había en todos los estamentos aunque
no tenían organización ni compartían un diagnóstico único. Abrigaron
ciertas ilusiones de cambio durante los congresos IV (1991) y V (1997)
del Partido Comunista -los últimos celebrados en el país-, pero ni
siquiera pudieron hacer oír sus voces. Fueron aplastados. Eran
prestigiosos académicos como Manuel Moreno Fraginals; escritores como
Jesús Díaz; diplomáticos y analistas como Alcibiades Hidalgo, Juan
Antonio Blanco y Hernán Yanes; jóvenes profesores universitarios como
Rafael Rojas o Emilio Ichikawa. También había entre ellos líderes
sindicales, funcionarios del Partido Comunista, militares, miembros del
MININT, parlamentarios, músicos y artistas. Unos marcharon al exilio,
otros pasaron frontalmente a la disidencia, como Raúl Rivero, y algunos
permanecieron en el gobierno o en sus aledaños sin atreverse a
protestar. En general, se trataba de la capa más ilustrada de la clase
dirigente, aunque eso no siempre quería decir que integraran la cúpula.
Simplemente, participaban del poder y, en algunos casos, tenían ciertos
privilegios.

Los inmovilistas, por su parte, custodios de las esencias totalitarias
del régimen, opinaban que la revolución debía resistir a pie firme sin
alejarse sustancialmente del modelo colectivista de partido único creado
en 1959. ¿Quiénes eran? Grosso modo, algunos viejos miembros del Partido
Comunista o personas con fama de muy dogmáticas, como era el caso del
médico José Machado Ventura, el periodista Lázaro Barredo y otros
funcionarios también afines al aparato de Seguridad, convencidos de que
cualquier apertura significaría el principio del fin del sistema.

El tercer grupo, los que carecían de criterio, abdicaban dócilmente de
su capacidad de pensar y le asignaban al Comandante la responsabilidad
de decidir el curso de acción que le pareciera más conveniente para
todos. Era la manera más económica de no tener problemas.

Desgraciadamente, Fidel Castro estaba entre los inmovilistas y así lo
hizo saber con toda claridad desde el principio de la crisis: “primero
la Isla se hundirá en el mar antes que renunciar a los principios del
marxismo-leninismo”, gritó fieramente desde la tribuna en varias
oportunidades, sofocando con sus palabras el mensaje de los reformistas,
quienes, como José Luís Rodríguez, Raúl Roa Khourí o Abel Prieto,
incluso Eusebio Leal, Alfredo Guevara y Ricardo Alarcón, desde entonces
optaron por callarse, obedecer, aplaudir, y esperar mejores tiempos, si
alguna vez llegaban, para airear sus ideas y convicciones más ocultas.

La estrategia del inmovilismo

Pero, además de cavar trincheras, Castro se dio a la tarea de cortejar a
sus viejos aliados “antiimperialistas” latinoamericanos, y, junto a su
amigo brasilero Lula da Silva, estimuló la presencia internacional de
una organización llamada Foro de Sao Paulo en la que se daban cita todos
los grupos enemigos de la democracia, de Occidente y de la economía de
mercado: desde las guerrillas narcoterroristas de las FARC, hasta los
sandinistas nicaragüenses, pasando por los tupamaros uruguayos o el FMLN
salvadoreño.

El propósito de Castro al respaldar este empeño era bastante obvio:
fortalecer un mecanismo internacional capaz de amparar a su gobierno y
de compensar en el terreno político la orfandad en que lo había dejado
la desaparición de la URSS. Castro, como muchos de sus partidarios,
pensaba que la revolución sólo podía subsistir en medio de un conjunto
de países y vociferantes organismos aliados, dispuesto a proteger a la
Isla ante la eventualidad de un ataque norteamericano.

En el campo económico, Castro adoptó otra decisión: aceptar la menor
cantidad de reformas que le garantizaran la supervivencia del sistema,
siempre tomando precauciones para que esas reformas fueran controladas
por la inteligencia militar mientras estuvieran vigentes, y pudieran
revertirse cuando las circunstancias cambiaran. A esta etapa excepcional
le llamó periodo especial.

Para lograr estos objetivos, por ejemplo, situó a militares o ex
militares en las empresas mixtas creadas con capitalistas extranjeros, y
limitó los contratos a periodos cortos. Si aceptaba socios extranjeros
era porque necesitaba capital y know-how, y no porque estuviera
dispuesto a desmantelar el sistema comunista. Varias veces recalcó
públicamente que el capitalismo le producía una profunda repugnancia.

Como parte de ese periodo especial, aceptó la dolarización, autorizó
algunas actividades privadas poco importantes, abrió las puertas al
, trató de revitalizar la industria azucarera y potenció el
desarrollo de la biotecnología. De acuerdo con sus propias predicciones,
en cinco años esas medidas le darían una vuelta total a la economía,
incluido el suministro de alimentos. Él mismo se hizo colocar al frente
de un plan alimentario que supuestamente terminaría para siempre la
escasez crónica de que padecen los cubanos.

Fracaso parcial

Los resultados no fueron como Castro había previsto. La dolarización
alivió la crisis, pero simultáneamente permitió que cientos de miles de
cubanos pudieran escapar al control económico del Estado mediante las
remesas de sus familiares o por los pequeños negocios privados que
realizaban. La industria azucarera colapsó, al extremo de que fueron
desmantelados decenas de ingenios y la producción se vio reducida a los
pobres niveles de hace un siglo. La biotecnología nunca se convirtió en
un rubro verdaderamente importante de la economía nacional. Los
alimentos siguieron siendo muy escasos y muy caros para el poder
adquisitivo de la población. Sólo el turismo mostraba unos patentes
logros al elevar el número de visitantes de unas pocas decenas de
millares en 1990 a dos millones en 2005.

Sin embargo, esa estrategia comenzó a dar ciertos frutos a fines de
los noventa. En esa época, se estabilizó la economía, aunque todavía los
niveles de producción y consumo eran considerablemente menores que en
1989, cuando el Muro de Berlín fue derribado. En quince años Castro no
había cumplido su promesa de recuperación económica, pero la sociedad
había reducido sus expectativas y se había resignado a vivir peor. No
obstante, el precio pagado por ese fracaso consistió en una disminución
general del entusiasmo con la revolución y con su líder, al que
percibían como un hombre terco e inflexible, indiferente a la realidad,
al que culpaban directamente del desastre.

La interpretación de Castro, claro, era otra. Según el Comandante, la
experiencia de esta etapa de leves reformas había producido un grave
daño moral en la población y en la dirigencia. De acuerdo a su visión
inflexiblemente colectivista, los cubanos, sobre todo los jóvenes, se
habían tornado individualistas y alejado de la revolución, y no
mostraban otro horizonte que el deseo de consumo de bienes materiales
procedentes del decadente mundo occidental. La clase dirigente, por su
parte, a juzgar por el implacable juicio del Comandante, se había vuelto
corrupta y hedonista, más interesada en vivir mejor que en mantener
encendido el fuego revolucionario.

Aparece Hugo Chávez

Es en este contexto en el que, con el respaldo de Castro y la ceguera
del pueblo venezolano, en 1998 es elegido Hugo Chávez en y
surge en la región el primer aliado del gobierno cubano desde la
desaparición del sandinismo en 1990. A partir de ese momento, el monto
de la ayuda a la isla vecina fue en aumento en la medida en que Chávez
pudo ir desmantelando las limitaciones legales que heredaba de la
república “burguesa”. Cuba, dijo el teniente coronel, estaba ubicada en
un “mar de la felicidad” hacia el que navegaban los venezolanos.

Los vínculos personales que establecen ambos mandatarios se potencian
exponencialmente tras el fallido y fugaz golpe de abril de 2002. Tras
ese dramático momento, en el que el gobierno cubano juega un papel muy
destacado para que Chávez recupere el poder, el teniente coronel
venezolano coloca la seguridad de su régimen y la dirección estratégica
del bolivarismo en las experimentadas manos de la DGI cubana y de Fidel
Castro.

Es entonces cuando se multiplica el subsidio a Cuba, con una cantidad de
petróleo cercana a los cien mil barriles diarios, de los cuales la Isla
vende una parte en el mercado internacional, disponiendo de unos
ingresos sustanciales difíciles de cuantificar, pero suficientes para
poder despreciar públicamente la ayuda europea y cancelar algunas de las
tímidas reformas emprendidas en los años noventa. Se vuelve a ilegalizar
la tenencia de dólares (que deberán ser cambiados por pesos convertibles
popularmente llamados chavitos), se despide del país a muchos
empresarios extranjeros pequeños y medianos, y se presiona a los
trabajadores por cuenta propia para que abandonen sus actividades. En
definitiva, Castro, eufórico, como en tiempos de la URSS, ya tiene un
aliado dispuesto a costear su improductivo colectivismo.

Pero es en el terreno político e ideológico donde la alianza
Castro-Chávez produce sus resultados más sustanciales y preocupantes. En
la medida en que estos dos personajes, ambos teñidos y hermanados por el
mesianismo y el narcisismo, fortalecen sus lazos personales y políticos,
van generando una cierta visión ideológica que acaba por convertirse en
una doctrina de lucha.

Esta simbiosis, finalmente, deviene en una explicación histórica que se
transforma en profecía, tal como suele ocurrir dentro de la tradición
marxista. La tesis fue desplegada por el canciller cubano Felipe Pérez
Roque en un discurso pronunciado en Caracas en diciembre de 2005. En ese
revelador texto Pérez Roque anuncia que:

• El mundo se ha recuperado del hundimiento del comunismo soviético
ocurrido a partir de la perestroika. Vuelve, pues, a ser razonable la
aspiración a construir un modelo socialista planetario.
• Como consecuencia del desastre y la traición del comunismo europeo, el
corazón, el cerebro y el músculo para llevar a cabo esa tarea y enterrar
al imperialismo yanqui se trasladan a América Latina.
• Dentro de América Latina, el eje Cuba-Venezuela tiene la
responsabilidad de llevar adelante esa enorme aventura.
• Eso quiere decir que Castro-Chávez forman la pareja encargada de
liderar la revolución planetaria, aunque, por su edad, la hazaña final
le corresponderá al venezolano. Castro se ve a si mismo como el fundador
de un radiante mundo futuro -a la altura de Lenin y Mao- y unge como su
sucesor al locuaz mecenas venezolano dispuesto a financiar la gloriosa
utopía.

Inmediatamente después de ese discurso, el vicepresidente segundo de
Cuba, Carlos Lage -cuya importancia disminuye en la medida en que ha
perdido el favor de Fidel Castro en beneficio de Pérez Roque-, agregó
otro dato clave: “Cuba -dijo- tiene dos presidentes: Fidel Castro y Hugo
Chávez”. La declaración era algo más que una metáfora: se trataba del
anuncio de la futura creación de una verdadera federación que se va
gestando a la sombra en las interminables conversaciones de Castro y
Chávez, dos iluminados decididos a cambiar la historia del mundo.

El castro-chavismo contra la sucesión post-castrista

Para los reformistas, agazapados y en silencio en el gobierno desde la
segunda mitad de los años ochenta -la época en que Carlos Aldana,
Ricardo Alarcón y el entorno militar de Raúl Castro soñaban con una
administración más racional y eficiente, menos dogmática y menos
pugnaz-, este nuevo giro de la revolución era una pésima noticia. Fidel
Castro ni siquiera después de muerto les permitiría gobernar al país con
una dosis mínima de sentido común, dado que les dejaba como herencia a
un nuevo líder, en este caso extranjero, tal vez porque no había
encontrado en Cuba a nadie con suficiente estatura como para sustituirlo.

Pero, además del líder extranjero -una persona a la que no respetaban
en lo absoluto, porque les parecía un payaso parlanchín-, Castro les
legaba algo más oneroso aún: la tarea de seguir combatiendo
incesantemente contra el imperialismo yanqui y el capitalismo hasta el
fin de los tiempos, a lo que añadía el compromiso sagrado de empeñar
todas las energías nacionales, primero en la conquista de América
Latina, pero sólo como un primer peldaño en el camino de la victoria
planetaria.

Fidel Castro no reparaba en que solicitaba ese absurdo sacrificio a
una sociedad fatigada por medio de siglo de aventurerismo
internacionalista y fracasos económicos domésticos, que había perdido
décadas y miles de víctimas peleando en guerras ajenas, mientras el país
se empobrecía gradualmente en medio de la sordidez y la represión. Como
el emperador chino Quin, Castro enterraba sus guerreros de terracota
para continuar batallando más allá de la muerte.

La transición posible

Sin embargo, es muy difícil ganar batallas después de muerto. Son muchos
y de diversas procedencias los ejemplos de dictadores que intentaron
infructuosamente diseñar un futuro post-mortem, como demuestran, entre
otros casos, Stalin, Trujillo, Oliveira Salazar, Franco y Mao. Tras la
desaparición de los caudillos-dictadores, casi inmediatamente sobreviene
el recuento crítico y la reforma profunda. Esa reforma, cuando el modelo
político está agotado, como se viera en los casos de Portugal y España,
deviene en cambio de régimen.

En Cuba no debe ser diferente. Muerto Fidel Castro debe producirse la
reforma, y a partir de ese punto -ojalá que ordenada y pacíficamente-,
surgirá el cambio de régimen hacia un sistema de libertades políticas y
económicas. ¿Cómo sucederá esa transformación? Hay, por lo menos, dos
fórmulas probables: la política, que parte de las propias instituciones
del Estado, como ocurrió en España tras la muerte de Franco o en casi
todo el bloque del Este tras el derrumbe del comunismo, o la militar, si
la clase política cubana no es capaz de vencer la inercia del totalitarismo.

La clave del cambio político la tienen los reformistas hasta ahora
silenciados por la autocracia fidelista. Todos esos millares de
funcionarios medios y altos, civiles y militares, incardinados en todas
las instituciones y organismos del Estado, que saben que es una absoluta
estupidez intentar sostener por la fuerza un modelo de convivencia
social secretamente repudiado por el pueblo, que ha fracasado
totalmente, y que mantiene a la población en la miseria y el atraso.
Muerto Fidel Castro, esos reformistas tendrán que dar un paso al frente
en la Asamblea Nacional del Poder Popular, en la CTC, en el Partido
Comunista y en los demás órganos de poder existentes en el país,
demandando un gran debate nacional abierto y transparente, en el que
debe participar la oposición democrática interna y externa. A partir de
ese momento, impulsados por una primera y enérgica bocanada de ,
comenzará la transición.

¿Por qué los reformistas harían una cosa así? Primero, porque no ignoran
que la dictadura cubana se ha convertido en un gobierno profundamente
impopular que se mantiene en el poder por medio de la represión y el
miedo. A ninguna persona psicológicamente sana le gusta formar parte de
una pandilla de abusadores. Segundo, porque los reformistas, tras medio
siglo de experiencia, ya aprendieron que el colectivismo autoritario es
la receta infalible para vivir en medio de la miseria, el
desabastecimiento y la falta de esperanzas. Todos los funcionarios
cubanos tienen mujeres e hijos, o maridos y hermanos, o padres y madres
que les dicen las verdades. Todos, en la intimidad del hogar, escuchan
una y otra vez que la vida cotidiana en Cuba es un infierno de
y escasez, de carencias e incomodidades arbitrariamente impuestas por
una burocracia minuciosamente incompetente. Y todos aceptan que la razón
final de ese desastre está en un sistema que no funciona porque es
contrario a la naturaleza humana y no por la torpeza coyuntural de los
administradores: no ha funcionado en ninguna parte.

En todo caso, si el aparato civil sobre el que se asienta el Estado
cubano no es capaz de iniciar la transición, entonces lo predecible es
que ésta provenga de los cuarteles espoleada por las protestas
generalizadas. Cualquier oficial cubano de las Fuerzas Armadas que posea
un mínimo de capacidad analítica, es capaz de percibir que, muerto Fidel
Castro, y dada la profunda insatisfacción que anida en la población
cubana, los militares que depongan a un gobierno inmovilista empeñado en
mantener el status quo, van a ser recibido con vítores y aplausos
generales, como ocurrió en Portugal en 1974 durante la llamada
“Revolución de los claveles”.

¿Por qué un militar o un grupo de militares con mando harían algo así?
Porque muchos de esos oficiales sienten que no eligieron la carrera de
las armas para proteger a un estado fallido e injusto. Porque no juraron
defender la patria apaleando disidentes, acosando a indefensas “Damas de
blanco”, y manteniendo las cárceles repletas de personas inocentes
condenadas por escribir artículos críticos, prestar libros guardados en
bibliotecas independientes o recabar firmas para pedir un referéndum.
Porque cuando se jura la bandera es para servir heroicamente y no para
formar parte de una casta de odiados opresores.
Lo que nadie en sus cabales debe pensar es que, muerto Fidel Castro, el
régimen se prolongará indefinidamente. Poco después del Comandante, la
dictadura será también sepultada.

La tarea de los demócratas

Naturalmente, los demócratas de la oposición interna y externa -dos
caras de la misma moneda- y los aliados internacionales no deben
cruzarse de brazos a la espera de que la dictadura se desplome por sí
sola tras la muerte del “Máximo líder”, como pomposamente continúan
llamando a Castro.

Es muy importante que los reformistas civiles y militares que existen
dentro de la estructura de poder en Cuba sepan que la oposición interna
y externa, sin dejar de presionar en todos los campos en los que le sea
dable actuar, está dispuesta a pactar formas de colaboración que
conduzcan a una transición pacífica hacia las libertades políticas y
económicas, sin vencedores ni vencidos, y en donde quepan todas las
posiciones políticas defendidas razonable y legalmente.

• Entre esas fórmulas cabe el referéndum que legitime una amnistía
general para todos los actos de intencionalidad política.
• Cabe el financiamiento de una jubilación honorable y decorosa, dentro
o fuera de Cuba, garantizada por organismos internacionales, para
aquellos funcionarios que así lo deseen, como ha sucedido en otros países.
• Cabe la certeza de que no habrá represalias ni se condenará a nadie a
la indignidad.
• Cabe el acuerdo de que las Fuerzas Armadas y las encargadas de guardar
el orden serán transformadas y puestas al servicio de la democracia,
como ocurrió en España o en la mayor parte de los países del Bloque del
Este, pero no serán abolidas.
• Cabe el compromiso formal de que nadie perderá el techo bajo el que
vive cuando se restaure la propiedad privada.
• Cabe, en suma, la garantía, de que el cambio será en beneficio del
conjunto de la sociedad y no para el disfrute de unos pocos.

Durante toda nuestra historia republicana los cubanos no hemos sido
capaces de encontrar salidas pacíficas a las grandes crisis políticas.
Nos ocurrió en 1906, en 1933 y en 1959. Esta es la gran oportunidad de
demostrar que hemos madurado y podemos superar las diferencias por
medio de negociaciones, actuando de manera racional y sensata. Si lo
logramos, el camino de la reconciliación, la paz y la prosperidad se
abrirá de forma permanente.

http://presslingua.com/web/article.asp?artID=4533

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